El solar

Cuando cierro los ojos puedo escuchar los sonidos que había en el solar de la casa de mis abuelos; y si agudizo los sentidos puedo sentir los olores que había en él. Recuerdo, apretando los ojos, las piruetas que hacía abuelito Luis para montarse al árbol de guanábana y coger las dos más maduras, y así tener qué brindar de sobremesa en el almuerzo a todos nosotros. Todos nosotros éramos los niños felices de la casa. Todos llegábamos allí en vacaciones y comenzaba lo mejor de nuestra inocencia: creer que todo era igual. Pero dejo de apretar los ojos y veo a abuelita suave como las cobijas de su casa acariciándome la cara antes de que saliera el sol para sacarme del sueño. Yo miraba a los otros niños dormir plácidamente en la cama vieja que alguna vez fue del tío Elkin y me sentía mal. Entonces volvía ella con el mejor remedio que me hacía sonreír: una tasa de metal con dibujos de flores repletica de tinto con limón, y nos íbamos de la mano al solar a moler el maíz para hacer las arepas del desayuno.

Me gusta tener los ojos cerrados y poner el rostro hacia el sol y ver que el color naranjado dibuja estrellas y mariposas verdes y rayos de otro color. Y entonces veo la cobija más suave que había en casa de abuelita del mismo color de las mariposas, y me doy cuenta que esa era la preferida de mi primita Jessica cuando iba a pasar vacaciones con todos los niños. Aquello era tan importante que una noche uno de mis hermanos le quitó la cobija y ella no pudo dormir, y al siguiente día lo acusó vilmente ante los abuelitos de ser el culpable de que ella hubiera pasado toda la noche en vela y tener que escuchar y ver al fantasma del papá de abuelita, el abuelito Pastor. Cuando paso la mano abierta por mi rostro que se fija en el sol veo las sombras que dan mis dedos, las sombras que daban los árboles del solar y la del corral que había allí. En ese corral siempre había bulla, siempre eran las gallinas, los marranos y las codornices que no dejaban escuchar bien Radio Reloj. Entonces abuelita tenía que subirle un poquito más de volumen a su radio de un color más oscuro del que se siente en los ojos cuando vuelvo mi cara hacia el sol.

En ese solar, tan coloquial y campesino, siempre hubo un testigo fiel y silencioso de nuestras hazañas. De las tristezas y las fuerzas que cada niño tuvo en silencio mientras lloraba o sonreía con malicia. Ese lugar yo lo llamaba felicidad – ¿quién no?- y aún está silencioso en medio del patio, rodeado de naranjos y moho. Ese lugar se llama baño y ahí fue la primera vez que conocí un pene ajeno y un seno ajeno.

Si me pongo la mano entera en los ojos todo se vuelve oscuro y comienza a haber una ilusión de colores magníficos y de figuras abstractas que ni mi locura sabrían decir qué pueden ser. Y entonces veo a todos los niños entrando al baño con toalla en mano y cantando cualquier bonita canción. Adentro del baño de baldosas blancas y azul celeste, después de haber cerrado la puerta que se trancaba con un clavo, comenzaba la felicidad. Era una fila larga para meterse uno al chorro por unos cuantos segundos. Y veo a esos niños parados chasqueando los dientes mientras le volvía a tocar a cada uno el turno de sentir el agua fría. Veo esas lagartijas que nos miraban desde las paredes sin siquiera moverse. Veo esos penes pequeños que se recogían por el frío y que todos se tocaban con desvergüenza sin saber para qué podría realmente eso ser. Cuando todos los niños salíamos de allí nos mirábamos con ganas de comenzar lo realmente fantástico. Veo a los niños corriendo por la casa vestidos con túnicas y sábanas de retazos creyendo que eran santos y monjas que brotaban a espantar demonios. Nuestros juegos siempre fueron algo parroquiales, a menos que estuviera mi hermano John despierto, pues era él quien destapaba la olla de la parva, pillaba la tapa, y empezaba a correr cogiéndola con las dos manos como si fuera una cabrilla, y entonces la bulla que hacían todos los animales en el corral se multiplicaba por toda la casa cuando él recogía un montón de niños no sin antes gritar “taaaaaaaxiiiiiiiiiii”.

Cuando abuelita me dejaba moler el maíz yo me sentía el más fuerte de todos los niños. Sentía que si ellos estuvieran despiertos jamás me volverían a decir Carlitos sino don Carlos Esteban. Pensaba que mi mano izquierda no servía para mucho antes de moler maíz. Y después me fui dando cuenta que la izquierda es necesaria, que todo no lo puede hacer la derecha, que la derecha se equivoca mucho. Luego comenzaba la acción: prendíamos el fogón poniéndole una velita en el fondo y la tapábamos con carbón, y era abuelita quien hacía las arepas con malicia y agilidad. Ella me dejaba a mí encargado de la mejor parte que desde entonces ha alimentado mi corazón: hacer las arepas pequeñas, abrirlas por la mitad cuando estuvieran asadas y rellenarlas de mantequilla y sal. Yo era el catador de las arepas pequeñas en casa de abuelitos. Fui el único niño que aprendió a hacerlo.

Decidí volver al solar y pasear evitando pisar la paloma que a veces llega a hacer visita. Ya no huele a gallina ni a marranos ni a codornices. Las codornices se las comieron los gatos, o eso creíamos cuando niños. Y decidí tomar un baño en el mismo lugar por el que muchas noches he sentido nostalgia, salvo que tuve que esperar mucho rato a que dejara de salir tierra y agua café por la llave que alguna vez soñé alcanzar. Miré alrededor del baño y me pareció que hubiera sufrido un secuestro. Así, igualito, más viejo y mucho peor. Pero cuando comenzó a salir agua limpia y fría me di cuenta que el que estuvo secuestrado fui yo, que ahora el agua no me hacía chasquear tanto los dientes ni que me hubiera dolido la nariz. Pero noté que el silencio también estaba conmigo y que, desde una parte superior del baño, me vigilaba una lagartija de un curioso verde como el color de la cobija más suave que había en el cajón de la casa de los abuelitos. Entonces recordé que alguna vez fui el niño más feliz, el niño con el mejor trabajo del mundo: catar las arepas de abuelita repletas de mantequilla y sal. Y en ese momento fui feliz. Y eso fue todo.

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