51-53

Escuchas que se cierra la puerta… y el sonido que hace un par de tacones se acerca hacia el lugar donde ahora duermes. Abres los ojos y dejas que la vista se lleve el asombro y el suspenso por donde pasa, así no veas ni reconozcas absolutamente nada aunque bien sepas donde está cada cosa. El eco de un botón que se presiona llega después que afuera se prenda una luz, y la logres ver por el espacio que se oscurece rápidamente bajo la puerta que alguien necesita de ti. La silueta ha quedado tres centímetros más baja, más esbelta, más sabrosa, y de repente lanza la puerta hacia atrás con su mano izquierda. Te sientes angustiado cuando en el temblor de sus pasos reconoces un caminar que muy pronto se desvanece en el momento que te tira nuevamente a la cama; los centímetros que se quitó hace un instante inmediatamente los multiplicas por tanto. Tienes miedo que tus brazos te delaten, y tiembles. Tienes miedo de abrazarte a ella. Tienes miedo de morder un poco sus labios y acariciarle con los dedos el ano y el trasero. Tienes miedo que tu boca se resbale y a lo mejor pierdan los dos. Tienes miedo de pensar. Tienes ganas de profesar mientras de un abrazo bajito la levantas y alzas de la almohada la cabeza obligándola a que se siente húmeda ahí, en tu cara. Ay. Tu lengua palpita, tus manos ya no temen. Las yemas de tus dedos lo merecen todo. Si no existiera el deseo de seguro el gato que se esconde angustiado entre la cortina y la ventana, no te miraría en este momento la espalda así. Sus ojos son verdes, negros en ningún momento porque no parpadea. De día son verdes, en las tardes también. Pero en las noches, en esta noche que te ha tocado, los ojos del gato parecen alertas, un poco molestos o algo así como dos flamencos enamorados. Se visten de rojo reflejando la temperatura de tu cuerpo, el momento en que te vislumbran como calor… mientras tu lengua existe en otro lugar que no puede ser tuyo siempre, un gemido se escurre por tu cara al instante en que la sábana pesa cada vez más. Ay. Algo se queda en el viento al momento en que la silueta desde el aire se balancea pidiendo un poco más, y su cabello llora. Llora porque siente un tentáculo en la piel que la aprisiona mientras tú balbuceas “amor”.

Esta noche, no fue como las demás. La perfección es para ti el ahora entre sus piernas.

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